Sánchez

Blog dedicado al mundo de los seres ni humanos ni racionales...

... el mundo de todo aquello que vive pero no expresa opiniones, ni actúa guiado por intenciones, ni tiene cuidado de ser correcto o educado o amable, ni hace daño con voluntad de herir, ni sabe qué es el egoismo o la bondad, ni tiene miedo al mañana, ni hace planes, ni duerme cuando no tiene sueño ni come cuando no tiene hambre, ni maquina venganzas contra los que le hieren ni siente gratitud hacia quienes lo aman.

viernes, marzo 16, 2012

¿Se hace cuanto se puede?

Entras en Facebook y ahí están todos, en distintas partes del mundo. Animales abandonados, animales maltratados o heridos o enfermos o a punto de ser sacrificados.
Los vemos en los muros de fb de nuestros amigos, y compartimos y difundimos y escribimos comentarios lamentando esto o lo otro y expresando fervientes deseos de que todo salga bien, de que las cosas se solucionen y de que cada uno de los animales que estamos teniendo frente a los ojos resulte salvado, por quien sea y como sea, del cruel y triste fin al que está abocado.
Todos deseamos lo mejor; pero por las razones que sea — y que pueden estar perfectamente justificadas por las circunstancias particulares de todos y cada uno de los que nos interesamos y deseamos un final feliz — nos encogemos, nos hacemos un ovillo y confiamos, o nos hacemos la ilusión, de que difundiendo y pidiendo y rogando y pasando con un simple clic la foto y la historia correspondiente a los muros de nuestros amigos ya hemos colaborado, ya hemos hecho cuanto podíamos, y “seguro que hay alguien que puede solucionarlo”.
¿Y si ese “alguien que puede solucionarlo” fuera exactamente yo?
Y todos (yo también) tenemos nuestros propios motivos y nuestros propios argumentos para “saber” que por mucho que nos pese no reunimos los medios para ser ese “alguien”.
Pero en algún lugar del sentir se queda agazapada, como al acecho, la duda que va a martirizarnos inquiriendo sin piedad ni tregua ni pausa si de verdad no pudimos hacer más de lo que hicimos.
Y puede que la respuesta sea que sí, que hicimos cuanto estuvo en nuestra mano.
Y si esa respuesta tranquilizadora nos convence todo estará solucionado; y nosotros, cada uno, si no felices sí al menos serenos… Pero, ¿de verdad lo estaremos?, ¿es seguro que no va a quedar en algún rincón del alma algún resquicio en el que, como en sordina, una voz que no podremos apagar porque es la nuestra, y suena dentro, donde no podemos llegar, nos grite “estás, mintiendo” o, “te estás atrincherando en excusas”?
Y cada vez que nos engañemos queriendo ignorar que la omisión es una forma de culpa estaremos dejando que se instale en nuestro ánimo un poso de amargura. Y amargados y culpabilizados hoy por una cosa y mañana por otra seguiremos nuestras vidas suspirando por una felicidad y una plenitud que nunca llegan. Y no llegan porque la amargura y la culpa han invadido, mientras andábamos afanados en esquivarlas a ellas precisamente, todo nuestro sentir.
Y muchos, muchísimos más.

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